En el Día Internacional de los Parques Nacionales, conversamos con Josefa Valenzuela, Coordinadora de Sostenibilidad de Chile Nativo, para reflexionar sobre los 100 años de historia de los parques nacionales, los desafíos de la conservación y el papel que el turismo puede desempeñar en la protección de estos lugares extraordinarios.
Chile es un país de una riqueza natural única. Una tierra de volcanes, océano, desierto, bosques y campos de hielo. Una geografía marcada por contrastes que hace que nuestro país sea excepcional en términos de naturaleza y biodiversidad.
Hoy, Chile cuenta con 46 Parques Nacionales, 45 Reservas Nacionales y 19 Monumentos Naturales, que en conjunto protegen más de 18.8 millones de hectáreas. Estos territorios resguardan ecosistemas, especies y paisajes de vital importancia, pero también cumplen un rol que a menudo pasa desapercibido: proteger fuentes de agua, cuencas y espacios esenciales para las comunidades que viven en sus alrededores.

«Somos parte de la naturaleza», señala Josefa Valenzuela, Coordinadora de Sostenibilidad de Chile Nativo, al hablar sobre la importancia de las áreas protegidas. Y esta idea recorre gran parte de nuestra conversación.
La creación de áreas protegidas ayuda a preservar el uso del suelo y evita que territorios de alto valor ecológico sean transformados por actividades que amenazan sus ecosistemas. Pero sus beneficios van mucho más allá de la biodiversidad. Las montañas, bosques y cuencas dentro de estas áreas también están estrechamente conectados con algo tan esencial como el acceso al agua y la posibilidad de vivir en un entorno saludable.
En un contexto marcado por la crisis climática, esta protección cobra aún más relevancia. Los ecosistemas saludables ayudan a reducir la vulnerabilidad ante eventos climáticos extremos y sostienen los procesos naturales de los que dependemos.
Esta fecha nos invita a mirar esta historia desde otra perspectiva. El 17 de agosto de 1926, se estableció el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, convirtiéndose en el parque nacional más antiguo de Chile. Desde entonces, el sistema de áreas protegidas ha crecido hasta abarcar una parte significativa del territorio nacional. Si consideramos también las áreas marinas protegidas, casi el 30% de la superficie de Chile se encuentra hoy bajo alguna forma de protección.

Uno de los mejores ejemplos de esta escala es el Parque Nacional Bernardo O’Higgins, ubicado entre las regiones de Aysén y Magallanes. Con una superficie de aproximadamente 3.5 millones de hectáreas, es el parque nacional más grande de Chile y uno de los más extensos del mundo.
Un siglo después de la creación del primer parque nacional de Chile, vale la pena preguntarse cómo podemos cuidar efectivamente lo que hemos decidido proteger. Y aquí, Josefa identifica un desafío fundamental: crear áreas protegidas no es suficiente si no cuentan con los recursos necesarios para funcionar.
«Podemos seguir creando más parques nacionales en Chile, pero si no tenemos un Estado que pueda proporcionar el financiamiento adecuado, no sirve de nada», afirma. La falta de infraestructura, personal y recursos para el monitoreo y la fiscalización es actualmente una gran preocupación para la conservación en Chile. Y esto se vuelve aún más evidente a medida que el número de visitantes que llegan a estas áreas sigue creciendo.
Visitar un área protegida genera impactos inevitablemente. Existe transporte, consumo de recursos, residuos y presión sobre ciertos lugares. Al mismo tiempo, sin embargo, el turismo puede convertirse en una herramienta para que las comunidades locales encuentren oportunidades económicas conectadas con la conservación de sus territorios.
Josefa profundiza en esta idea, destacando una de las características que le otorga al turismo un potencial transformador: «Cuando el turismo se realiza a menor escala y es liderado por la comunidad, el dinero también se queda allí. Entonces, si las comunidades pueden sostenerse a través del turismo, esto lo hace más sostenible y permite que perdure en el tiempo», explica.
La sostenibilidad, entonces, no puede entenderse únicamente desde una perspectiva ambiental. También involucra a las personas, las comunidades, las economías locales y la forma en que nos relacionamos con los lugares que visitamos.
En este sentido, viajar también puede ser una forma de contribuir a asegurar que un territorio siga existiendo tal como lo conocemos.

En Chile Nativo, esta perspectiva se ha integrado cada vez más en nuestra forma de trabajar. Josefa explica que la sostenibilidad funciona como un principio transversal que involucra diferentes áreas de la empresa y va mucho más allá de las acciones que los viajeros pueden ver.
Está presente, por ejemplo, en la forma en que se diseñan las experiencias y en la búsqueda de un verdadero «sentido de lugar»: experiencias conectadas con el territorio, sus comunidades y las personas que viven allí.
Se puede encontrar en algo tan simple como los elementos que acompañan una experiencia, elaborados por comunidades indígenas, así como en la selección de guías que tienen un conocimiento profundo del territorio. También está presente en todas las decisiones que se toman mucho antes de que un viajero llegue a su destino y que continúan mucho después de que su viaje termina.
Pero también hay iniciativas cuyo impacto es mucho más tangible. Entre ellas, Josefa destaca especialmente el trabajo de Chile Nativo con el Torres del Paine Legacy Fund, una organización creada para apoyar las necesidades de conservación e infraestructura en el Parque Nacional Torres del Paine.
A través de las contribuciones realizadas por los viajeros de Chile Nativo, hemos apoyado diferentes proyectos de conservación. Uno de los más recientes ayudó a financiar el 70% de un invernadero de flora nativa, destinado a apoyar la recuperación de especies perdidas en los grandes incendios que han afectado al parque.
De esta manera, los viajeros se convierten en parte de una cadena que comienza mucho antes de que pongan un pie en el parque, y que puede continuar mucho después de que se vayan.
→ Descubre más sobre las iniciativas de sostenibilidad de Chile Nativo aquí.
Hay otra dimensión del turismo que Josefa considera especialmente importante: la educación.
Como guía, ella entiende que su rol no es solo identificar flora y fauna. También se trata de proporcionar contexto, explicar los desafíos socioambientales y ayudar a los visitantes a comprender que lo que están viendo es parte de un sistema mucho más complejo. Después de todo, solo podemos proteger verdaderamente lo que hemos llegado a conocer.
Y quizás esta sea una de las mayores oportunidades del turismo: crear una experiencia que no termine cuando salimos del parque, sino una que llevemos con nosotros mucho tiempo después.
Patagonia está experimentando un aumento constante de visitantes, y con ello surgen nuevas preguntas y desafíos. Según Josefa, el desafío es particularmente urgente porque existe una brecha entre la cantidad de personas que llegan a estos territorios y la capacidad para gestionarlos adecuadamente:
«Estamos promoviendo el turismo y atrayendo a más y más personas, pero no tenemos el personal necesario ni la infraestructura básica en las áreas protegidas. Ese es un problema grave, porque, en última instancia, es una bomba de tiempo». Esto abre una conversación importante sobre el tipo de turismo que queremos para Patagonia, y bajo qué condiciones queremos que siga creciendo.
La conservación no depende únicamente de grandes políticas públicas, organizaciones o empresas. También existe una responsabilidad individual cada vez que ingresamos a un parque nacional.
Para Josefa, uno de los primeros pasos es aprender y seguir los principios básicos de No Deje Rastro, respetar los senderos y llevar nuestros residuos con nosotros. Pero hay algo aún más simple que, en realidad, requiere un cambio más profundo: aprender a observar.
Respeta la vida silvestre desde una distancia segura. No alimentes a los animales. Baja el volumen de tu voz. Aprende a escuchar. «Ve con la intención de conectar realmente con el lugar. No seamos tan ‘humanos’», dice entre risas. La invitación no es literal, sino más bien un estímulo para alejarnos, por un momento, de nuestras rutinas cotidianas y permitirnos experimentar el paisaje de manera diferente.
También podemos elegir que nuestra huella vaya más allá del impacto inevitable generado por nuestro viaje. Podemos educarnos, apoyar proyectos de conservación o, siempre que sea posible, contribuir a organizaciones que trabajan en la restauración y conservación.

«Si amamos a Patagonia por lo salvaje que es, es importante que entendamos cómo podemos ayudar a mantenerla y preservarla de esa manera», reflexiona.
Porque este lugar no existe por casualidad. Los bosques, glaciares, montañas y especies que encontramos en el camino son parte de sistemas vivos que necesitan protección. Y detrás de ellos hay comunidades, guardaparques, organizaciones, investigadores e innumerables personas trabajando cada día para conservarlos.
Este 24 de agosto, en el Día Internacional de los Parques Nacionales, mientras celebramos un siglo desde la creación del Parque Nacional Vicente Pérez Rosales y la larga historia de protección de las áreas naturales de Chile, también estamos invitados a mirar hacia adelante. A seguir explorando. A seguir aprendiendo. Y, sobre todo, a aprender cómo hacerlo de manera más consciente.