El pasado 31 de mayo, en el marco de los 115 años de Puerto Natales, tres jóvenes escaladores lograron una hazaña que pocos han conseguido: alcanzar la cumbre principal del Paine Grande, la montaña más alta del Parque Nacional Torres del Paine. Conversamos con Maximiliano Arias, guía de Chile Nativo, para conocer su experiencia, desafíos y proyecciones.
El ascenso, logrado por Angel Canales, Vicente Urzúa y Maximiliano Arias, corresponde a la sexta vez que se registra la emblemática cumbre. Para Maximiliano, guía de Chile Nativo desde hace dos años, la experiencia aún parece difícil de procesar. Apenas unos días después de regresar de Puerto Natales, reconoce que la montaña sigue presente incluso en sus sueños.

“La verdad es que aún no logro aterrizar completamente todos los sentires”, cuenta. “Es un ascenso que abre un montón de posibilidades deportivas y mentales. Lograr una cumbre de esta complejidad te abre la mente de una manera en que sientes que puedes hacer muchísimas cosas más. Lo que más me entregó este ascenso fue la motivación para seguir empujando, creer en tus capacidades y seguir aprendiendo”.
Aunque la decisión se tomó en cuestión de horas, la realidad es que detrás de ella existían años de experiencia acumulada. En el montañismo, las oportunidades suelen depender de factores imposibles de controlar, especialmente en un lugar como Patagonia. Una ventana de buen tiempo puede durar apenas un día, y saber reconocerlas es tan importante como la preparación técnica o física. Sin embargo para el equipo, todas las piezas parecían haberse alineado.
Curiosamente, el Paine Grande no estaba entre sus objetivos inmediatos. Apenas una semana antes había regresado de un intento en la Aguja Poincenot, en El Chaltén, cuando recibió el llamado de su amigo Vicente Urzúa. “Me dijo: ‘Vamos al Paine Grande’. Y la verdad era una montaña que no pensaba escalar prontamente. La veía como un proyecto grande, no tan cercano”. Sin embargo, una breve ventana meteorológica parecía alinearse perfectamente, y tras revisar el equipamiento, la comida y las condiciones, la decisión fue rápida: partir al día siguiente.
Uno de los momentos más memorables ocurrió incluso antes de la cumbre. Después de tres días de aproximación, el equipo alcanzó el Plateau del Francés bajo nieve y nubes, y poco a poco el cielo empezó a despejarse. Primero apareció una de las cumbres, luego, como si un telón se levantara lentamente, la silueta principal del Paine Grande emergió frente a ellos:
“Empezó a difuminarse como un velo hasta que apareció la cumbre completa. Y a la vez salió la luna e iluminó todo. Se veía la ruta que teníamos que hacer al día siguiente. Ahí fue como: wow, tremendo lugar en el que estamos”.
A medida que las nubes se disipaban, también lo hacían las pocas incertidumbres que quedaban sobre la expedición. Las condiciones del hielo eran favorables, el viento parecía estable y el equipo se sentía sólido. Maximiliano recuerda que, pese a la complejidad de la montaña, nunca existió una sensación real de duda.
“Sabíamos que era nuestro día y que íbamos a hacer cumbre. En ningún momento lo vimos como algo que no iba a pasar. Solamente íbamos para arriba”, recuerda.
En una montaña, donde el error puede tener consecuencias graves, la confianza y el trabajo en el equipo resulta tan importante como la preparación técnica. Maximiliano destaca que cada integrante cumplió un rol estratégico dentro de la expedición. La distribución de peso, la elección de quién lideraría los largos más técnicos y la toma de decisiones fueron parte de una planificación constante: “Es como un ajedrez para poder lograr la cumbre. Todos nos complementamos y nos apoyamos para hacer el ascenso de la manera más eficiente y segura posible”.
Aunque ya había compartido expediciones con Vicente Urzúa, esta había sido la primera vez que escaló junto a Ángel Canales. “Nunca había ido a la montaña con Ángel, pero sabía quién era y sabía que era la persona adecuada para este objetivo”.
Sin embargo, el momento más incierto aún estaba por delante. Antes de alcanzar la cumbre, el equipo debía superar el llamado “hongo somital”, una formación de nieve, hielo y escarcha cuya configuración cambia constantemente según los vientos y las precipitaciones de cada temporada. No existía forma de saber exactamente con qué se encontrarían hasta estar allí.

Para sorpresa del grupo, la montaña les ofreció una oportunidad excepcional. Al llegar, encontraron una especie de canal natural que marcaba claramente la línea de ascenso: “No sabíamos cómo nos iba a tocar ese hongo porque va cambiando todo el tiempo. Y una vez que llegamos ahí abajo, justo había un canal como una chimenea marcada y era evidente que por ahí teníamos que subir”, recuerda.
Mientras avanzaban por ese último tramo, el atardecer comenzó a teñir de naranja el hielo que los rodeaba.
“Todo el túnel por dentro estaba naranja. Miraba para atrás y veía toda la línea que habíamos caminado en la mañana. Veía montañas que había subido antes, pero ahora estaba mucho más alto que todas ellas”.
Cuando finalmente salió, la emoción lo sobrepasó: “Fue casi como haber nacido de nuevo. Salí muy eufórico y vi a mis amigos en la cumbre. Nos abrazamos y empezamos a contemplar el paisaje. Teníamos el atardecer a un lado y la luna llena al otro. Ahí las lágrimas cayeron. Fue muy emocionante”.
Para alguien que pasa gran parte del año guiando viajeros por los senderos del parque, alcanzar el punto más alto de Torres del Paine también cambió su forma de observar el territorio. Maximiliano lo describe como si hubiese completado un mapa que llevaba años construyendo.
“Cada ascenso cambia tu perspectiva del lugar. Es como ir desbloqueando sectores en tu mente. Y estar en el punto más alto del parque es como haber desbloqueado el mapa completo”. Esa experiencia, según dice, refuerza aún más la importancia de transmitir el valor del territorio a quienes lo visitan: “Intento que las personas puedan sentirse parte del lugar. No como algo separado de la naturaleza, sino como parte del paisaje”.
Lejos de pensar en objetivos más altos o complejos, Maximiliano tiene la mirada puesta en la exploración. Su interés está en aquellos rincones donde aún quedan pocas huellas humanas, especialmente en el Campo de Hielo Patagónico Sur.
“Lo que más me llama es ir a esos lugares donde realmente no hay huella del ser humano, donde tienes que leer el terreno, planificarlo todo y resolver cada situación por ti mismo. A eso quiero apuntar ahora: a las expediciones”.
Antes de terminar la conversación, le preguntamos a Maximiliano qué consejo le daría a quienes sueñan con intentar una montaña como el Paine Grande. Su respuesta no comenzó hablando de técnica ni equipamiento, sino de respeto.
“Yo siempre le pido permiso a la montaña. Con mucha humildad le explico lo que quiero hacer y por qué lo quiero hacer. Lo primero es respetarla. Después viene la preparación, la experiencia y saber honestamente si estás listo para el objetivo”.
Y cuando llega el momento de resumir todo lo vivido en una sola frase, no necesita pensarlo demasiado: “La experiencia más enriquecedora de mi vida”.